El otro día, por cuestiones de trabajo, tuve que pasar frente a la entrada de Alligator Alcatraz. Para el que no sepa lo que es esto, les digo: es una prisión montada por la administración de Donald Trump, de manera provisional, para alojar allí a los extranjeros que están en condiciones migratorias irregulares.
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En español su nombre se traduciría como Alcatraz de los Caimanes.
Allí están encerradas cientos de personas que están a punto de ser devueltas a sus países de origen. Alligator Alcatraz es como un purgatorio migratorio para estos inmigrantes, a punto de ser regresados a sus respectivos infiernos.
La prisión, como su nombre lo indica, es una versión trumpista del Alcatraz de la bahía de San Francisco, solo que está ubicada en medio de los pantanos de los Everglades, en el sur de la Florida. De ahí lo de Alligator. Además de estar rodeada de pantanos, mosquitos y caimanes, la instalación está en medio de la nada. En casa del carajo.
Alligator Alcatraz es parte de la política de reajuste migratorio que ha emprendido la administración Trump después del caos ocasionado por la política de libre entrada que ejecutó la administración de su antecesor. Lo que está haciendo Trump es un reajuste necesario, que veo muy bien. Pero no veo bien la forma en que lo ha estado haciendo.
En esa prisión hay personas de muchas nacionalidades, incluyendo cubanos. ¿Cubanos? ¿No que los cubanos disfrutan de un trato privilegiado en el sistema legal de inmigración de Estados Unidos?
Sí, hasta hace poco así era. Los cubanos que huían del manicomio totalitario recibían refugio en Estados Unidos. Así fue durante más de cinco décadas, pero todo empezó a derrumbarse cuando comenzaron a llegar cientos de miles de ellos a través de un tsunami humano generado y promovido desde La Habana.
La Dictadura Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba organizó y ejecutó una acción de guerra atípica contra Estados Unidos. En un país en el que hasta hace unos años se requería una “tarjeta blanca” para poder viajar al extranjero, en el que no podías vender tu vivienda o tu auto —si tenías la suerte de tener alguno de los dos—, de pronto todo el mundo podía salir, todo el mundo podía vender sus cosas e irse sin tener que dar explicación alguna.
¿Irse adónde, si los cubanos necesitan visa hasta para ir al baño?
Irse a Nicaragua, donde el régimen asesino de Ortega y su mujer eliminó la necesidad de visa para la entrada de los cubanos. Centenares de miles de ellos pasaron por Nicaragua sin siquiera pararse a ver sus volcanes. Las agencias de viaje que organizaban los vuelos desde La Habana, muchas de ellas basadas aquí en Estados Unidos, se hincharon de dinero.
Aviones repletos desde La Habana a Managua, que regresaban vacíos a recoger más gente. Tráfico humano.
Esos centenares de miles de cubanos llegaban a México, donde el gobierno de Andrés Manuel López Obrador los recibía con los brazos abiertos. También los esperaban los cárteles del narcotráfico, que los recibían con sus carteras abiertas. Al fin y al cabo, gobierno y cárteles eran —o todavía lo son— socios en el negocio.
Lo importante es que, haya sido como haya sido, centenares de miles de cubanos pudieron entrar a Estados Unidos. La mayoría lo hizo bajo un precario estatus migratorio llamado I-220A, que no es más que un permiso temporal de estancia.
Es algo muy diferente a la aún vigente Ley de Ajuste Cubano, que otorga residencia, al año y un día, a los cubanos que hayan entrado de manera legal al país. Estos centenares de miles que entraron por la frontera no lo hicieron legalmente, por lo que no pueden beneficiarse de esa noble ley.
Y aquí viene el problema. Si bien la mayoría de esos cubanos, la mayor parte de ellos jóvenes, se dedicaron a empezar una nueva vida en esta tierra de libertad y oportunidades, otros, no pocos, se dedicaron a seguir haciendo lo aprendido en la isla. A vivir del cuento y del invento.
Diariamente vemos que atraparon a uno robando caballos, a otro —que era locutor en Cuba— manejando a las tres de la mañana sin licencia ni seguro, o a un grupo de ellos estafando con tarjetas de crédito, o robando casas, autos o tiendas. Les he contado antes: no se puede bailar en casa del trompo.
Es así como muchos cubanos han caído en Alligator Alcatraz, un sitio infernal. Estoy seguro de que la mayor parte de ellos ha llegado allí a consecuencia de sus propios actos, por querer bailar en casa del trompo. Estoy convencido de que también hay allí muchos inocentes, víctimas colaterales del severo actuar del Servicio de Inmigración (ICE).
Y hace unos días, en aquel infierno, he leído, cientos de cubanos se sublevaron. Otros iniciaron una huelga de hambre. Rebelión, pues.
Uno de ellos le dijo a la plataforma CiberCuba:
“Es un abuso contra la humanidad de nosotros (…). Estamos gritando libertad, mostrando que no somos peligrosos, que no somos violentos, que somos hermanos unidos”.
Otro dijo:
“El agua no la están dando caliente, no nos dejan afeitarnos, nos están tratando mal”.
Y otro:
“La comida malísima, tremenda hambre”.
Lo que dijeron me parece excelente. Eso mismo dijeron, o más bien gritaron, los manifestantes que salieron a las calles de Cuba el 11 de julio de 2021.
En la isla fueron reprimidos brutalmente y muchos de ellos languidecen en las mazmorras infectas de la dictadura de los Panzones.
Estos, se quejan de que en Alligator Alcatraz van a ser regresados a donde gritar “libertad” significa ser reprimido y encarcelado. A donde no hay agua, ni fría ni caliente; a donde no se puede comprar ni una cuchilla de afeitar y a donde la comida es malísima y hay tremenda hambre.
Duele decirlo, pero es la realidad. Su realidad.
Finalmente, uno de los detenidos reflexionó:
“Nos están tratando como si estuviéramos en el camino de la muerte”.
Y sí, están camino de la muerte. La muerte de la dignidad del ser humano que sobrevive bajo esa dictadura totalitaria.
La solución a esa muerte, evidentemente, no está en Estados Unidos ni en ninguna otra parte más que en la propia Cuba. Ojalá los que regresen, como dijo uno de los prisioneros de Alligator Alcatraz, lleguen unidos gritando libertad, exigiendo agua y comida.
Al cabo, que la isla de Cuba tiene forma de caimán, no hay libertad, ni comida, ni agua, y los Panzones la tienen aislada, en medio de la nada. Nada: que van de una prisión donde pidieron libertad a otra donde no sabemos si la pedirán o, mejor aún, la exigirán.
No pudieron bailar en casa del trompo; a ver si lo hacen en la de los Barrigones.



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