Un reciente estudio calculó que
la deuda de Cuba con Venezuela asciende a 20 000 millones de dólares. Esta
cifra es luego de descontar los pagos por los servicios del personal médico
esclavo, el trabajo de otros cubanos dentro de Venezuela y los servicios de
seguridad y espionaje que la dictadura cubana le ofreció a la venezolana desde
el año 2000.
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La deuda se debe mayoritariamente al suministro de combustible bajo condiciones comerciales sumamente ventajosas para Cuba bajo el llamado Convenio Integral de Cooperación. Combustible venezolano a cambio de médicos, espías y matones cubanos.
El abastecimiento de hidrocarburos alcanzó un pico de 157 000 barriles diarios, a pesar de que el convenio establecía un máximo de 53 000. Esta última cantidad, sumada a los 40 000 barriles diarios que se extraen en la isla, alcanzaría, en teoría, para satisfacer casi totalmente el consumo doméstico diario.
El problema, para los cubanos de a pie, es que satisfacer el consumo diario de la población nunca ha sido prioridad para la dictadura que los oprime. Incluso durante la bonanza de las décadas de subsidios soviéticos, el régimen de Fidel Castro nunca empleó para los cubanos todo el combustible que se le entregaba dadivosamente desde Moscú.
Dadivosamente no quiere decir que fuera gratis, pero casi lo era. Cuba pagaba el combustible y el resto de suministros enviados por la URSS y los países del CAME mayormente con azúcar de caña. Azúcar cubano a buen precio a cambio de combustible y suministros a precios de subsidio. Negocio redondo. Luego dicen que Fidel Castro era comunista: no, era un bribón, entre otras muchas cosas.
Bribón al fin, tanto con los camaradas soviéticos como con los cautivos de su rancho, Castro no despilfarró su bien ganado petróleo en mejorar el nivel de vida de los cubanos. Durante décadas revendió una parte de este en el mercado internacional, en el de divisas convertibles: dinero del bueno. Luego dicen que era comunista: era un tahúr, entre otras muchas cosas.
A mediados de la década de los ochenta, Castro recibía más divisas por revender petróleo que por producir y vender azúcar. Dinero fácil, como les encanta a los comunistas, eso sí. Los cubanos, mientras tanto, ya padecían —padecíamos— de recurrentes apagones, racionamiento de gasolina y escasez de gas licuado y kerosén.
Pero, como dice el proverbio, tanto va el cántaro a la fuente que se rompe. Los soviéticos se cansaron de mantener al barbudo y díscolo hijo de papá y le cortaron no solo la luz y el agua, sino todo lo demás. Es más: hasta se cansaron de ser soviéticos y regresaron a ser rusos, ucranianos, moldavos y todo lo demás. Todo menos soviéticos.
Entre 1960 y 1990, Fidel Castro adquirió una deuda nominal con los soviéticos ascendente a unos 65 000 millones de dólares, equivalentes a aproximadamente 270 000 millones de 2026. Esta cifra es casi el doble de lo invertido en el Plan Marshall para la reconstrucción de Europa al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Plan que benefició a dieciocho países durante cuatro años; la Cuba de Castro —una isla comparativamente pequeña— recibió por sí sola mucho más que toda aquella devastada Europa.
El otorgamiento de los primeros 100 millones en 1960 lo he contado en mi libro Se acabó la diversión. Esta cantidad incluye tanto préstamos directos como subsidios. De ahí en adelante, la URSS ocupó para Castro el papel que su padre Ángel había tenido durante toda su vida: mantener a un mantenido.
Cuando los soviéticos dejaron de ser soviéticos y el flujo de recursos hacia Cuba desapareció junto a la hoz y el martillo, el parásito Orador quedó de pronto a la deriva y, en vez de buscar soluciones realistas —como haría un estadista—, metió a sus cautivos en una crisis generalizada a la que denominó Período Especial en Tiempos de Paz. Paz para él, y guerra de hambre y miseria para los cubanos.
Y conste que el bribón no solo estafó a sus compañeros de ideología: también embaucó a muchos países libres. Durante dos décadas y media les estuvo sacando créditos de todo tipo, pero en 1986, Castro decidió que no les pagaría y emprendió una campaña mediática para convencer a otros países de que se le unieran en el cese de los pagos: "La deuda externa es inmoral e impagable", decía.
Volvió a sentarse a negociar con sus acreedores del Club de París en 1999, justo cuando desde el cielo —increíblemente— Dios le mandó a un nuevo tonto, ahora llamado Hugo Chávez. Las negociaciones terminaron pronto, en 2001. Rusia, heredera del colapsado imperio soviético, le reclamaba 20 000 millones de rublos convertibles. A ninguno les pagó.
Castro envolvió a Chávez con más cuentos que Las mil y una noches. Con sus cuarenta ladrones logró el citado acuerdo petrolero con Venezuela y Cuba reasumió su papel de garrapata parásita una vez más. Así fue durante veinticinco años, hasta que una madrugada Trump mandó a extraer a Nicolás Maduro e instaló en Miraflores a una taimada títere llamada Delcy.
40 000 millones o 20 000: da igual. Lo que queda de Cuba, ahora desgobernada por la Junta Militar de Barrigones que heredó el manicomio, nunca le pagará a Venezuela. No solo a Venezuela: a nadie le paga, ni a sus propios jubilados.
Y aquí viene la cuestión, pues de una forma u otra viene, nos viene, una Cuba libre.
La Cuba libre, la que refundaremos entre todos, no renacerá cargando con una abultada deuda producto del despilfarro de un Orate y su pandilla. Pandilla que por ahí sigue robando y acaparando lo poco que queda, preparándose todos para cambiar de piel e insertarse —y ensuciar— la nueva república.
Cuba libre no pagará ni un centavo. Ni a Rusia, ni a Venezuela, ni al Club de París, ni a nadie. ¿Por qué? Porque, como ya nos pasó una vez a los cubanos, si para algo sirve la historia es para que nos dé lecciones y a la vez consejos.
En 1898, Estados Unidos ocupó la isla de Cuba luego de derrotar a la necia España en la guerra hispano-estadounidense. Y España, necia pero no tonta, les exigió a los vencedores asumir la deuda de la provincia perdida y regresarle el dinero que había puesto en la isla.
La respuesta norteamericana —igual de necios y mucho menos tontos— fue a través de un nuevo (por entonces) concepto: deuda odiosa. Alegaron —con razón— que la supuesta deuda se basaba en recursos usados en contra del pueblo cubano, que partieron de la mala fe del prestamista, sabedor de que los fondos no serían invertidos en fines legítimos, por lo que los compromisos no serían efectivos para la nueva república aún por nacer.
Por último, les dijeron que sí, que la deuda existía, pero que no era responsabilidad de la nueva Cuba, sino que su pago recaía en las personas que la contrajeron. No era una deuda de un Estado, sino de quienes solicitaron los préstamos. Esto fue en 1899: hace casi ciento veintiocho años.
La dictadura cubana, desde 1960 con el Orador Orate y luego con su hermano acomplejado y la Junta Militar de Barrigones que todavía desgobierna los harapos de Cuba, ha sobrevivido a base de préstamos y dádivas. Es su deuda, no es la de Cuba ni la de los cubanos, que al fin y al cabo son —somos— Cuba.
Así que, sin deudas, refundaremos y reconstruiremos nuestra república ultrajada. Sin deudas y con al menos 20 000 millones de dólares en activos que se calcula que tiene la mafia de GAESA (esos mismos que deben el dinero robado) en bienes e inversiones.
Nadie sabe para quién trabaja: reconstruiremos Cuba a partir de lo que ellos robaron. No solo con eso —que no alcanza—, sino con el aporte de todos los cubanos: los de aquí y los de allá. Unos con millones, otros con conocimiento, todos con trabajo, todos —espero— con amor y desinteresadamente.
Todos libres, sin deudas. Las deudas las tendrán que pagar los que arrasaron con esa nación próspera y autosuficiente de la que les conté en ese doloroso libro que le dediqué a aquella Cuba hoy desaparecida, pero que, en una versión mucho mejor, pronto reviviremos.
Sin deudas: que se jodan los que prestaron. No se les presta a ladrones, mucho menos a asesinos.
Hasta un truhan, bribón y malvado como Fidel Castro puede tener razón alguna vez: esa deuda, además de inmoral —digo yo—, es impagable.
Que se jodan. Cuba libre, pronto.


Excelente. Más bien los venezolanos nos debieran pagar por haber votado por Chávez y haberle insuflado con sus votos vida a esa tiranía que tanto daño ha hecho a los cubanos y a los venezolanos.
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