lunes, 7 de septiembre de 2026

Lo que Cuba ofrecía al inversionista, en 1915

 


Trabajando en la segunda parte de mi libro Se acabó la diversión, encuentro una publicación del Departamento de Agricultura del gobierno de Mario García Menocal titulada Cuba, lo que ella tiene para ofrecer al inversor o al que busca hogar. Es un libro de solo ochenta páginas y publicado en inglés.

En su introducción reconoce que “después de la primera Intervención Americana [de 1898] se entregó un ‘paraíso recuperado’. Con la elevación de la Bandera Nacional de la libertad, una nueva estrella fue agregada al firmamento de las Repúblicas libres. Para dejar saber al mundo exterior qué significa esa estrella, para describir nuestras esperanzas y aspiraciones y el justo reclamo de reconocimiento político, social y económico, es el objeto de este folleto; es la petición de Cuba por un lugar en la línea del Progreso”.

Era un llamado a la inversión extranjera por parte de una joven república quinceañera.

El folleto describe la geografía, el clima, la tasa de mortalidad —muy positiva comparada con los países europeos que estaban despedazándose a bombazos en la Primera Guerra Mundial— y la topografía. Indica que la población en ese año era de solo dos millones y medio, muy pocos para “nuestras 46 000 millas cuadradas, muchas de las cuales consisten en tierras excepcionalmente ricas, que fácilmente pueden sostener a una población de quince millones o más”.

También nos deja saber que en 1915 —hace ciento once años— habían emigrado a Cuba 250 000 españoles y 20 000 norteamericanos, británicos y alemanes. “Una característica bastante alentadora para el incremento de nuestra población es el hecho de que tenemos un exceso de nacimientos comparado con los decesos, sumando hasta 40 000 por año, por lo que nuestro promedio anual de incremento de la población blanca es 37 000 por año”. Es 1915: el racismo campeaba, pero ese tema —aunque doloroso— no opaca el progreso que se describe.

Luego pasa a describir las riquezas de cada una de las seis provincias en las que se dividía la administración de aquella joven república que en unos años iba a ser tan próspera que se llamó a ese período la Danza de los Millones. Y miren que Cuba, hace ciento once años, producía millones. La zafra azucarera de 1914 produjo 240 millones de pesos cubanos —que valían entonces lo mismo que el dólar—, equivalentes a 8000 millones de dólares de 2026.

Hoy Cuba, después de más de sesenta y siete años de comunismo, no produce azúcar: la tiene que importar. En 1915 tenía 172 centrales azucareros; hoy, según el Estado —fallido—, solo 71 producen azúcar. Bueno, producir no: más bien esos centrales no han sido demolidos. Producir no producen; la zafra de 2025 solo llegó a 150 000 toneladas de azúcar. En 1914 —hace ciento once años— llegó a 2.24 millones de toneladas, y en 1925 —hace ciento un años— alcanzó los 5.1 millones de toneladas.

En 1915, las ventas de tabaco cubano alcanzaron 32 millones de pesos, que en 2026 serían 1100 millones de dólares. Se estima que la producción del año pasado llegó a solo 350 millones de dólares. Hoy en día está colapsada, como el resto del país, y el Estado —fallido— les debe millones a los productores.

Hace ciento once años, Cuba no producía todo el café que consumía. No podía. “La República probablemente consume per cápita más café que ningún otro país del mundo (...) casi cada elevación en ella produce un café de muy superior calidad, igual a los mejores que se venden en Estados Unidos”. Hoy el café es un lujo en la isla cautiva.

Para no demorarlos mucho: el folleto continúa explicando aquel país hoy perdido. En 1915, Cuba producía 5 millones de libras de cacao; la mitad lo exportaba y la otra mitad iba a fábricas nacionales. Sí: había fábricas que trabajaban con lo que se producía en el campo, con lo que se cosechaba en aquella Cuba en la que hoy no se cosecha nada.

Se cosechaba arroz, maíz, algodón, millo, pastos, henequén, cítricos, frutas, plátanos, piñas, mangos, aguacates, anones, chirimoyas, zapotes, mameyes, guayabas, mamoncillos, higos, uvas, tamarindos, cocos... todo tipo de vegetales, de todo. Todo eso sin necesidad de que llegara un Orador Orate a prometer desarrollar lo que ya funcionaba por sí mismo. Y llegó el Orate y acabó con todo.

En ganadería, lo mismo. Cuba era famosa por sus caballos, se criaban vacas, cerdos, chivos, carneros, pavos, gallinas. De todo, otra vez de todo.

Y esto es solo en la producción agropecuaria. El folleto aborda el resto de la economía y la sociedad de aquel país hoy perdido. Aquel país que hoy es una ruina improductiva y parásita. Aquel país que en 1959 se entregó a un tarado barbudo que decía saber de todo y solo sabía destruir y reprimir.

Los inicios de esa destrucción se los he contado en un libro que mucho me dolió escribir. Pero así como sabemos cómo se hizo esa destrucción, sabemos también que, hace ciento once años, Cuba era un país que crecía, al que los extranjeros emigraban y que no necesitaba de nadie externo para funcionar.

Hoy sabemos que, quitando del medio a esa Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de nuestra bella isla, del otro lado —hoy maltrecha— Cuba nos espera con sus tierras fértiles y sus brazos dispuestos para volver a levantarla como ya lo estaba en 1915 bajo una quinceañera república democrática.

En 1915, los cubanos vivían en una Cuba que era libre.

No se nos olvide: Cuba era libre y exitosa.

Esa era la Cuba que el totalitarismo comunista demolió. Libre de nuevo, nos tocará reconstruirla. Ya sabemos que existió y nos la quitaron, pero que existió.

 


domingo, 6 de septiembre de 2026

Lágrimas de Cangrejo

 


Ahora resulta que el Cangrejo no solo roba y reprime a los cubanos, mientras vive una vida de lujos en un país en el que sus cautivos apenas pueden vivir. Hace dos días lo vimos emocionarse, fingido o no, en público mientras un zombie declamaba unas estupideces durante un acto por la resucitación del Abuelo Acomplejado.

📺 Si no me quiere leer, véame, pero es peor. → Ver el video aquí


Una lágrima en una faz oligofrénica en lo que a mi se me asemeja más a una flatulencia mal dirigida. Pero bueno, lágrima al fin, de un Cangrejo con cara de tener un peo atravesado.

Y no me meto a analizar si la Momia Acomplejada respira o no. Por lo menos no habla, pero dicen que escribe cartas y comunicados. Lo que siempre les señalo, pero nadie me hace caso, es que el crustáceo llorón -o pedorro- siempre es el único que porta una pistola semiautomática de alto porte en su faja durante los eventos en los que exhiben al resucitado.


Porta un arma de alto calibre en salones y actos llenos de militares siervos de la dictadura. Más que militares son testaferros de una familia criminal pero que no llevan ni un tirapiedras en los actos donde el nieto de su jefe sí porta un arma de fuego, de alto calibre para ser una pistola semiautomática, o automática, vaya usted a saber.


Ahora entienden por qué Estados Unidos conversa con este delincuente. El que lleva la pistola a un salón de testaferros desarmados, y desalmados, es evidentemente quien manda. Que asco.

Aunque, esa pistola jactanciosa sería, será, inútil ante millones de cazuelas -o lo que sea- que uno de estos días, como marea indignada y libre, barrerá con esos testaferros, con la Momia Muda y, en especial, con ese Cangrejo fanfarrón.


Ese día el Cangrejo sí llorará, o se le soltará finalmente el viento hediondo, da igual. Ese día Cuba dejará de llorar y empezará a sonreír. Ah, y a reconstruir y prosperar en libertad.

Siempre en libertad.



sábado, 5 de septiembre de 2026

Una niña en La Habana

 

Foto: MNBA
 
 

Una de las cosas que más extraño de mi Habana —y miren que extraño cosas de esa ciudad por la que ya no camino, pero que camina por dondequiera que yo camine— es visitar las salas del Museo Nacional de Bellas Artes. No sé cómo estará hoy el museo; no lo he visitado en los últimos treinta y pico de años. De mi Habana —de la mía, de la nuestra— queda su esencia entre las ruinas que reconstruiremos.

De niño iba con mi padre: él, cansado de trabajar toda la semana, se tomaba el tiempo para llevar a su “bembón” a ver unos trapos pintados colgando de las paredes. Mi noble padre hasta aceptaba el capricho malcriado de querer ir en transporte público aunque él tuviera un destartalado auto. Me gustaba mucho viajar en guagua; en autobús, como se dice en la civilización.

Desde que la ineptitud de una dictadura desapareció el transporte público en esa ciudad tan odiada por el Orate en Jefe, decidí —siendo muy joven— que yo andaría por mis propios medios siempre. Así lo sigo haciendo, aunque muchas veces el sentido común aconseje lo contrario.

Atravesar aquel atrio del museo con esculturas de Rita Longa adornándolo era para mí atravesar a otra dimensión. En los buenos tiempos, antes de yo nacer, Rita era competencia de mi tío Florencio; y, aunque él nunca me lo dijo, yo siempre renegaba de que no fuesen sus esculturas las que adornaran la fachada del museo que hoy tanto extraño.

Ya de muchachón continué visitándolo: al museo y a mi tío. Atravesar su atrio siempre fue entrar a otra dimensión. Desde una perspectiva física, significaba entrar a un lugar refrigerado en el que, incluso en la crisis de principios de los noventa, todavía funcionaba la climatización y hasta una cafetería funcional incluía.

Y, si te ponías de suerte, hasta un concierto de un barbón llamado Pedro Luis podías encontrar. No era mi tipo de música, pero el regordete hirsuto le tiraba sus puntillazos al Orate y a su pandilla, lo cual me gustaba entonces como ahora. Aunque ahora, más que puntillazos, prefiero los machetazos y bombazos; pero bueno, no todo se te da en la vida.

El museo, les digo, era otra dimensión en aquella Habana que tanto extraño. Era arte, no consigna. Era desintoxicación del sofoco de vivir en una jungla politizada hasta la médula. El arte que pendía de sus muros era arte que llegó o se hizo en una Cuba próspera y libre. Arte donado al museo o robado por los ahora dueños del museo, pero era arte, al fin y al cabo.

Claro que, entre tanto arte, también en aquellas paredes colgaban trapos pintados por genuflexos al Orate. A esos los evitaba como algunos curas huyen de un embarazo en un convento. Recuerdo uno que imprimía a mi Martí como si fuera grafiti grotesco, u otro con unas caras homoeróticas de tonos azules y verdes. Por cierto: las obras de este último adornaban las paredes de muchas casas y oficinas de los miembros de esa dictadura misógina y machista, valga la redundancia.

Pues bien: una de las salas que más disfrutaba, tanto de niño como de muchachón, era una en la que se exhibían unos cuadros luminosos de niñas y niños, de gente feliz en playas, frente a un mar brillante. Obras que quedaron en esos lienzos gracias al pincel de Joaquín Sorolla, un pintor viajero que nunca viajó a Cuba. Sin embargo, allí estaban sus cuadros; donados o robados, no lo sé.

Y entre aquellas bellezas desintoxicantes del totalitarismo que corría fuera de ese museo, siempre me detenía, de niño y de muchachón, frente a un cuadro de una niña que miraba al horizonte. Miraba al oriente en un atardecer valenciano frente al Mediterráneo. Una fotografía pintada en tiempos en que ya la fotografía era una normalidad más de la modernidad.

La fotografía era normal cuando Sorolla fotografió con su pincel a aquella niña, pero los colores no, las texturas tampoco. Una placa de bromuro nunca podría captar el instante en que esa niña miraba al horizonte, hacia el occidente, en realidad era hacia el oriente, pero la niña mía mira al occidente. El naranja del sol sobre su espalda. No lo hace ni una fotografía digital actual. Solo el pincel de Sorolla inmortalizó para mí, para ti, ese instante, ese mar y esa niña.

Hoy les cuento esto porque esa niña de Sorolla, que es mi Habana, me fue devuelta a la memoria. Treinta y un años de reconstruir una vida te nublan recuerdos que, aunque importantes, quedan engavetados en ese armario que los desterrados cargamos. Más aún porque ahora sé el nombre de esa niña, sé incluso dónde vivía y hasta cómo se veía a sí misma frente al cuadro en que Sorolla la inmortalizó.

Y ese regreso me hizo también vigorizar la fuerza que no se detiene en mí para lograr borrar a esos que durante demasiado tiempo intoxicaron de maldad y miseria a un país en el que alguien honesto logró con su trabajo comprar un Sorolla con una niña mirando al horizonte. Borrar a los que le robaron ese Sorolla y esa niña a un cubano decente que lo adquirió por ver en su pared a una niña inocente frente al mar.

El museo, espero, ahí sigue. La niña, espero, aún está en una de sus paredes, ahora a oscuras. No tengo dudas de que reconstruiremos las ruinas de esa Habana de la que aún persiste su esencia. Lo haremos todos. Bueno, no todos, las arpías, la maldad, nunca regresarán a esa Habana que vivieron y que regalaron, que gusto me da.

No tengo dudas de que, ya no niño ni muchachón, hoy casi un viejo, regresaré a ese atrio con las esculturas de Rita Longa aún molestándome allá arriba, y llegaré frente a ese Joaquín Sorolla con esa niña mirando al horizonte. En una de esas, todo es posible, quizás hasta me acompañe.

En libertad todo se puede, y yo soy libre desde que nací.

 

Foto: MNBA

No es un gobierno, es una mafia

Foto: The New York Post
 

Estados Unidos piensa que está negociando con el gobierno de un Estado fallido. Bueno, ni con el gobierno de ese Estado fallido, conversan con un Cangrejo.

Piensan eso, cuando en realidad están hablando con un clan, con una mafia familiar. Como mafia familiar solo les importan sus propios intereses, los de los hijos, hermanos, los primos, los sobrinos, ellos todos. Hasta los del sobrino-nieto que tiene a sus hijos en la Florida, y es vice-primer ministro de esa mafia.

Negocian con los dueños de un barracón de ocho millones de esclavos, hoy desamparados. Los esclavos son un estorbo para ese clan. Y con ese clan negocia Estados Unidos.

Un Cangrejo que defiende a un Buho, especies diferentes dentro de la misma familia, la misma mafia. La misma infamia.

Foto: Noticias Martí

Con las mafias no se negocia, a las mafias se les extermina. 

Exterminar una mafia, liberar esclavos, es tan sencillo, coño.